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La semana en que la materia se acordó de que sabía inventar
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La semana en que la materia se acordó de que sabía inventar

Publicado el 24 de abril de 20264 min de lectura

Muchos años después, frente a la pelota que regresaba a cuatrocientas cincuenta rotaciones por segundo, el campeón olímpico habría de recordar aquella tarde remota en que un brazo sin dueño le devolvió un saque que nadie antes había podido devolver. En la misma semana, una bacteria escribió ADN sin que nadie le dictara el texto, Marte confesó una molécula que llevaba tres mil millones de años guardada, y el viento de un zoológico inglés llevó a doscientos metros la firma genética de un tigre que nadie había visto pasar. Fue una semana sin milagros. Fue una semana en que la materia se acordó de que sabía inventar.


Aquella tarde del veintitrés de abril, en un galpón de Tokio que Sony habilitó como cancha, el robot al que sus ingenieros llamaron Ace derrotó, uno tras otro, a tres jugadores profesionales japoneses. No los derrotó con violencia. Los derrotó con paciencia. Nueve cámaras lo miraban todo desde arriba, tres sensores de evento leían el logotipo impreso en la pelota para deducir cuántas veces giraba en el aire, y un brazo gobernado por una política de aprendizaje por refuerzo respondía a cada golpe en diez milésimas de segundo — treinta veces más rápido de lo que parpadea un ojo humano. Peter Stone, jefe científico de Sony AI, lo resumió en una frase que podría ir en la contratapa de un libro de Cortázar: "Esto es mucho más grande que el tenis de mesa: por primera vez un sistema artificial percibe, razona y actúa en un mundo real que cambia rápido y exige precisión." La revista Nature puso a Ace en la portada del veintitrés de abril. El artículo se llama Outplaying Elite Table Tennis Players with an Autonomous Robot. Los árbitros fueron licenciados por la Asociación Japonesa de Tenis de Mesa. Nadie tuvo que aclarar que la mesa era oficial. En los videos que circularon esa tarde se ve a uno de los profesionales, derrotado, sonriéndole al brazo como quien le sonríe a un sobrino que acaba de aprender a caminar.

La misma mañana en que Sony anunciaba a Ace, un equipo de la Universidad de Stanford publicó en la revista Science un hallazgo que durante medio siglo se creyó imposible. Una bacteria, cualquier bacteria, tiene entre sus defensas contra los virus una enzima llamada Drt3b que puede fabricar ADN sin plantilla, sin cadena molde, sin copiar. Se copia a sí misma: su propia estructura, sus propios aminoácidos, funcionan como patrón. "La proteína es el plano del ADN", dijo el bioquímico Alex Gao, y era una frase para subrayar, porque violaba un dogma que desde Watson y Crick se enseñaba en todos los libros de texto del mundo. La enzima, por ahora, sólo sabe escribir una sola palabra, dos letras repetidas, AC-AC-AC-AC, como quien tararea un bolero sin letra. Pero la palabra se escribió sin ser dictada. Eso, en biología, es empezar de nuevo.

Todo llegó al mismo tiempo.

Mientras Ace ganaba en Tokio y la bacteria escribía sin dictado en Palo Alto, el robot Curiosity publicó, a través de NASA Jet Propulsion Laboratory, los resultados de un experimento que había realizado en silencio en el año dos mil veinte sobre un polvo tomado en Glen Torridon, dentro del cráter Gale, en Marte. La máquina usó un reactivo llamado TMAH para romper las moléculas grandes y mirar las pequeñas que caían. Cayeron veintiuna moléculas de carbono. Siete de ellas nunca se habían visto en Marte. Una de las siete lleva nitrógeno y tiene la misma estructura que un precursor del ADN. Publicado en Nature Communications el veintidós de abril, el trabajo no prueba que Marte tuvo vida — ninguno de los autores lo pretende. Prueba algo más modesto y más duradero: que el planeta rojo guardó, durante tres mil millones de años, las piezas sueltas de un vocabulario que la Tierra usó para escribirnos a nosotros. Las piezas estaban allí. Alguien hubo de leerlas en voz alta para que se hicieran notar.

Justin Rebo es un investigador de longevidad que fundó hace tres años, en New Hampshire, una empresa llamada Kind Biotechnology. Su idea no tiene precedente limpio en la historia de la cirugía, pero la describe con la naturalidad de quien explica cómo se hace un queso: crecer, dentro del vientre de un animal, una red integrada de órganos — integrated organ network, ION, en el lenguaje seco del laboratorio — que no pueda pensar, ni sentir, ni despertarse. Los órganos dependen los unos de los otros para sobrevivir, como dependerían dentro de un cuerpo; pero no hay cuerpo. Sólo órganos. La técnica se probó en ratones. Este año pasan a cerdos. El año siguiente, si todo sigue como va, a ovejas. Rebo quiere que dentro de menos de tres años se trasplante a un paciente humano un riñón, un hígado, un páncreas que nunca pertenecieron a un ser que pudiera llamarse vivo en el sentido clásico. En América Latina diríamos que eso es cosa de no creer. Lo están construyendo igual.

Y una tarde cualquiera en un zoológico inglés, la doctora Joanne Littlefair, del University College London, acercó un filtro al aire y se fue. El filtro, una semana después, le devolvió los nombres: tigre, a doscientos metros de la jaula; caballo, pollo y cerdo, que eran los almuerzos del tigre; erizo, murciélago, ardilla, que eran los vecinos que nadie había invitado. El aire del zoológico tenía, en suspensión, la biografía completa de sus habitantes. Ya no hace falta ver al tigre para saber que está. Basta con respirar donde él respiró.