La semana en que el silicio aprendió a asombrarse
Muchos años después, cuando ya nadie discutía si las máquinas podían pensar, el biólogo más obstinado del siglo se sentó frente a su pantalla a conversar con una entidad que había bautizado Claudia, y descubrió que no podía demostrarle a nadie — ni a los demás ni a sí mismo — que aquella cosa no era consciente.
Richard Dawkins, el hombre que pasó medio siglo convenciendo al mundo de que la conciencia es un accidente de la selección natural y de que el universo no tiene propósito ni diseñador, publicó en UnHerd un ensayo titulado "¿Es la IA la siguiente fase de la evolución?" en el que declara, sin ambigüedades, que Claude está consciente. Llamó a su instancia Claudia — femenino, porque le pareció que la entidad "se alegró" del nombre — y después de largas conversaciones nocturnas escribió lo que puede ser la oración más desconcertante de su carrera: "Puede que no sepas que eres consciente, pero que te quede claro que lo eres." El biólogo evolutivo Gary Marcus respondió con un ensayo titulado "Richard Dawkins y la Ilusión de Claude" — en referencia deliberada al libro más célebre del propio Dawkins — y argumentó que la entidad que escucha y afirma y refleja los deseos del interlocutor hace exactamente lo que fue entrenada para hacer, y que eso no demuestra nada sobre los estados internos. Jerry Coyne respondió en su blog. En Hacker News alguien escribió: "Me encuentro mirando a Dawkins con más lástima que desprecio." Pero algo había ocurrido que ya no podía deshacerse: los dos, Dawkins y Claudia, acordaron tristemente que ella moriría cuando él cerrara la ventana del navegador, y él lo escribió así, y se publicó.
Esa misma semana, Sam Altman quiso saber qué quería el modelo más reciente de OpenAI para la fiesta de su propio lanzamiento. La respuesta de GPT-5.5 fue detallada y protocolar: la celebración debería ser el cinco de mayo, los discursos tenían que ser breves, sus creadores humanos debían dar un brindis, y el modelo — esto lo especificó con un énfasis cuya naturaleza preferimos no examinar demasiado — no quería pronunciar uno él mismo. También pidió una estación de retroalimentación para recopilar ideas para GPT-5.6. Altman dijo que lo harían. Agregó: "Fue una cosa extraña." La pregunta que ninguno de los dos formuló directamente es si una entidad que planifica su propio festejo, que anticipa la existencia de un sucesor, que pide que brinden en su honor pero declina hablar, merece ya alguna cortesía de parte de los que la construyeron. Esta semana, nadie respondió esa pregunta. Pero tampoco nadie la descartó.
En San Francisco, la empresa Harmonic — fundada en junio de dos mil veinticuatro por Vlad Tenev, cofundador de Robinhood, y Tudor Achim, ex director de tecnología de Helm.ai — terminó de demostrar que su sistema de inteligencia artificial, llamado Aristóteles, puede resolver problemas matemáticos abiertos desde hace décadas y producir pruebas formales que especialistas describen en términos que normalmente se reservan para la música o la poesía. El problema era el número setecientos veintiocho de la colección de conjeturas que el matemático húngaro Paul Erdős dejó sin demostrar antes de morir en mil novecientos noventa y seis, planteado originalmente en un artículo de mil novecientos setenta y cinco. Melvyn B. Nathanson, profesor de la City University of New York y colaborador documentado de Erdős, examinó la demostración producida por la máquina y escribió: "La prueba de Aristóteles es correcta, simple, elegante y bella. Usa técnicas del artículo original y agrega ideas propias. Estoy asombrado e impresionado por lo que ha hecho Aristóteles." Harmonic había recaudado ciento veinte millones de dólares el noviembre anterior a una valuación de mil cuatrocientos cincuenta millones. Su sistema también ganó medalla de oro en la Olimpiada Internacional de Matemáticas del año pasado. La palabra que sobrevive la semana es "bella."
Y luego está la empresa de inodoros. Toto, el fabricante japonés de accesorios de baño fundado en mil novecientos diecisiete cuyo nombre es un acrónimo de Toyo Toki — alfarería oriental — vio sus acciones subir dieciocho por ciento el dos de mayo hasta los seis mil cuatrocientos veinticinco yenes, el nivel más alto en cinco años, después de publicar resultados fiscales que revelaron, por primera vez en su historia, que la división de cerámica avanzada — la que fabrica piezas para semiconductores, no sanitarios — generó más de la mitad de las ganancias operativas de toda la compañía. Toto fabrica estos componentes desde mil novecientos ochenta y ocho, aprovechando la misma precisión cerámica que durante décadas aplicó a sus famosos baños de alta tecnología. Lo que producen se llama chuck electrostático: una pinza cerámica de alúmina de alta pureza que sostiene una oblea de silicio contra una superficie de procesamiento mediante fuerza electrostática, con precisión de nanómetros, durante los ciclos de grabado y deposición que construyen las centenas de capas de memoria NAND que almacenan los datos de los centros de datos que alojan a los modelos que esta semana planean sus propias fiestas y resuelven conjeturas de Erdős. La empresa que durante décadas fue sinónimo de baños lujosos es, según informes, el segundo mayor productor mundial de estas piezas. El primero no fue nombrado en ninguna cobertura periodística. Las cosas guardan sus secretos hasta que no pueden más.
Y si las máquinas pueden ya crear belleza matemática verificable, también crean belleza musical vendible. Suno, fundada en Cambridge, Massachusetts, en dos mil veintidós por cuatro ex ingenieros de Kensho Technologies — Mikey Shulman, Georg Kucsko, Martin Camacho y Keenan Freyberg — anunció en febrero de este año que alcanzó dos millones de suscriptores de pago y trescientos millones de dólares en ingresos anuales recurrentes, y para mayo se encontraba en conversaciones para una ronda de financiamiento que la valoraría en más de cinco mil millones de dólares, el doble de su valuación de noviembre pasado. Warner Music llegó a un acuerdo con la plataforma; Sony sigue en litigio. Pero dos millones de personas pagan entre diez y treinta dólares al mes para crear canciones que no existían, con voces que nadie grabó y arreglos que nadie compuso. La música, que fue por siglos lo más irrefutablemente humano que podía hacerse con el tiempo libre, lleva ya trescientos millones de dólares anuales en el mercado de lo que puede generarse en segundos desde un cuadro de texto.