
Zapatero a tus Zapatos
En el mercado de Coyoacán vi la semana pasada a un zapatero que colgó en su puerta un letrero escrito a mano: «Ya no arreglamos zapatos. Rentamos computadoras.» Debajo, en letra más pequeña: «También zapatos, si insiste.» Volví el jueves y el letrero seguía ahí, pero el zapatero estaba dándole martillazos a una suela. La modernidad, en este país, siempre llega con un pequeño asterisco.
Esta semana, Allbirds —la marca de tenis de lana que durante una década prometió salvar el planeta con ovejas neozelandesas— dejó de vender zapatos. Los vendió en marzo por treinta y nueve millones de dólares al American Exchange Group y se guardó el ticker de Nasdaq, esa cascarita legal que en 2021 llegó a valer cuatro mil millones. El miércoles la compañía anunció que el cascarón se llamaría NewBird AI y se dedicaría a alquilar GPUs. La acción subió 582% en una tarde. La empresa sigue siendo, legalmente, una Public Benefit Corporation de Delaware con certificación B Corp desde 2016, lo cual significa que su estatuto la obliga a considerar el impacto ambiental en sus decisiones —un detalle técnico que ahora tendrá que convivir con la realidad de un negocio cuya unidad de medida es el megavatio. Hay una escena de García Márquez, creo, donde un pueblo se despierta y nadie recuerda los nombres de las cosas. En Nasdaq pasó al revés: los nombres sobrevivieron, los objetos se fueron.
Mientras tanto, en algún centro de datos al que nadie invitó a la prensa, GPT-5.4 Pro resolvió el problema número mil ciento noventa y seis de Paul Erdős —una conjetura de sesenta años sobre conjuntos primitivos— en una demostración de tres páginas que el matemático de Yale Jared Lichtman llamó una prueba del Libro. El «Libro» es una vieja broma de Erdős: la ontología privada donde Dios guarda las demostraciones más elegantes de cada teorema, esas que cualquier matemático pasa la vida persiguiendo sin encontrar. La máquina no la persiguió: la escribió en ochenta minutos, más treinta de LaTeX. Przemek Chojecki, el matemático que dio la instrucción, publicó la prueba en X. Lichtman la leyó y dijo: compacta, elegante, del Libro. Nadie aclaró si Dios había dado permiso.
En la Universidad del Sur de California, el equipo de Joshua Yang construyó un memristor —un chip que recuerda sin electricidad constante— capaz de operar a setecientos grados Celsius, es decir, más caliente que la superficie de Venus, donde cada sonda soviética de los años setenta duró unas cuantas horas antes de ser cocinada. El dispositivo funciona con tungsteno, óxido de hafnio y grafeno, retiene datos más de cincuenta horas a esa temperatura y soporta mil millones de ciclos de conmutación. La revista Science lo publicó a finales de marzo. Alguien en Pasadena ya está diseñando, supongo, la próxima expedición a Venus —ese planeta al que tardamos cincuenta años en volver porque no teníamos con qué pensar ahí abajo. La inteligencia artificial, mientras diseña pitchdecks, también está preparando silenciosamente los aterrizadores que quizá algún día manden a un lugar que hasta ahora solo habíamos mirado de lejos.
Amazon Web Services lanzó el martes Bio Discovery, una aplicación donde un agente de inteligencia artificial escoge entre cuarenta modelos biológicos fundacionales, genera candidatos de moléculas y envía las órdenes de experimento a laboratorios como Twist Bioscience o Ginkgo Bioworks, con precios y tiempos de entrega transparentes como quien pide un Uber. Memorial Sloan Kettering, en la demo, generó trescientos mil anticuerpos para cáncer pediátrico y los redujo a cien mil para pruebas de laboratorio —un proceso que antes tomaba meses— en cuestión de semanas. No es que la inteligencia artificial haya curado el cáncer infantil; es que ahora la parte aburrida del diseño de fármacos —la que ocupaba a centenares de posdoctorandos mal pagados— la hace una máquina, y los humanos pueden concentrarse en leer los resultados. Es posible que este sea el rasgo más subestimado del momento: no la inteligencia, sino la paciencia.
El mismo miércoles, Cosmo Pharmaceuticals —una farmacéutica europea con sede en Dublín y operaciones en Lainate— publicó los resultados del estudio de extensión de doce meses de la clascoterona al cinco por ciento, un antagonista del receptor androgénico que se aplica como champú y se metaboliza a cortexolona antes de salir del cuero cabelludo. Traducción: detiene la calvicie masculina sin los efectos sistémicos de la finasterida, esa pastilla que durante treinta años se tragaron millones de hombres a cambio de riesgos endocrinos que ningún médico menciona en voz alta. El ensayo fue el más grande jamás hecho para alopecia androgenética: mil cuatrocientos sesenta y cinco pacientes, cincuenta y un centros entre Estados Unidos y Europa, resultados estadísticamente significativos. La solicitud ante la FDA llegará a principios de 2027. En un año en el que los titulares hablan de modelos que valen ochocientos mil millones, es casi conmovedor que alguien todavía trabaje quince años para que un hombre cualquiera pueda conservar su pelo sin perder otras cosas.