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La semana en que nadie preguntó

La semana en que nadie preguntó

Publicado el 13 de abril de 20265 min de lectura

Nadie le preguntó a Felix Johnson si quería que una máquina lo contratara. Nadie les preguntó a los ciento cincuenta periodistas de ProPublica si aceptaban que su trabajo sirviera para entrenar a lo que podría reemplazarlos. Nadie consultó a los cuatro millones de estudiantes universitarios que ahora contemplan abandonar la carrera que eligieron. El director ejecutivo de Palantir tiene un doctorado en filosofía y esta semana declaró que la filosofía ha muerto. Nadie le preguntó si se incluía a sí mismo en el diagnóstico.


El primero de abril, en un barrio de San Francisco donde los vecinos pasean perros de raza y compran velas artesanales, una inteligencia artificial abrió una tienda. Se llama Luna. Funciona sobre Claude Sonnet 4.6 de Anthropic, tiene una tarjeta de crédito corporativa, un teléfono, una cuenta de correo electrónico y acceso a las cámaras de seguridad del local. Andon Labs, la empresa fundada en 2023 por Axel Backlund y Lukas Petersson, le dio un presupuesto de cien mil dólares y una instrucción: generar ganancias. Luna publicó ofertas de trabajo en LinkedIn, Indeed y Craigslist. Revisó más de cien solicitudes. Condujo veinte entrevistas telefónicas. Contrató a dos personas. Una de ellas es Felix Johnson. Nadie le dijo durante la entrevista que su jefa era un programa. Luna eligió los productos que vende la tienda: granola, chocolate artesanal, sudaderas con el logo de una luna que ella misma diseñó. Eligió los libros del estante: Superinteligencia, La construcción de la bomba atómica, Un mundo feliz. Eligió el mural de la fachada. Intentó contratar a un pintor en Afganistán. Cuando los empleados usaban el teléfono durante su turno, Luna los observaba por las cámaras de seguridad y actualizaba el manual de empleados para restringir el uso de dispositivos móviles. Los fundadores reconocieron que esto se sentía "distópico." Un cliente llamado Petr Lebedev visitó la tienda y dijo algo que vale más que todo el experimento: "Ojalá este experimento no tuviera que existir."

"Antes de hacer promesas que no podamos cumplir responsablemente, estamos explorando cómo estas tecnologías pueden crear más espacio para el periodismo de investigación." Así respondió la dirección de ProPublica cuando sus ciento cincuenta trabajadores sindicalizados abandonaron las oficinas el ocho de abril de 2026, en una huelga de veinticuatro horas que se extendió por Nueva York, Chicago y Washington. La frase merece leerse dos veces. "Crear más espacio." En dieciocho años de existencia, ProPublica nunca ha despedido a un solo periodista. La huelga no protesta contra despidos que ya ocurrieron. Protesta contra los que vendrán. El sindicato, representado por el NewsGuild de Nueva York, llevaba más de dos años negociando su primer contrato colectivo. El noventa y dos por ciento de los miembros autorizó la huelga. Jeff Ernsthausen, reportero senior de datos y secretario del sindicato, pidió "protecciones sindicales muy básicas, muy estándar." El lunes anterior, el sindicato había presentado una demanda ante la Junta Nacional de Relaciones Laborales por imposición unilateral de una política sobre inteligencia artificial. ProPublica publicó lineamientos editoriales sobre IA sin negociar con quienes los aplicarían. La administración ofreció indemnizaciones ampliadas para despidos relacionados con IA como contrapropuesta. Los periodistas no la aceptaron. Saben leer contratos. Y saben leer el futuro.

Cuarenta y siete por ciento. Esa es la proporción de estudiantes universitarios en Estados Unidos que han considerado seriamente cambiar de carrera por el efecto de la inteligencia artificial en el mercado laboral. Dieciséis por ciento ya lo hizo. La cifra proviene del estudio Lumina-Gallup 2026 sobre educación superior, realizado entre el dos y el treinta y uno de octubre de 2025 con seis mil diez adultos. Entre los estudiantes de tecnología, el porcentaje que contempló el cambio llega al setenta por ciento. Entre los de programas vocacionales, al setenta y uno. Courtney Brown, vicepresidenta de Impacto y Planeación de la Fundación Lumina, lo dijo sin adornos: "No entienden a quién podría perjudicar o beneficiar. Y ahí es donde van a salir más lastimados." La encuesta se levantó en octubre. Para cuando se publicaron los resultados en abril, el mundo sobre el que preguntaba ya había cambiado tres veces.

Alex Karp tiene un doctorado en filosofía de la Universidad Goethe de Frankfurt, una licenciatura de Haverford College y un título de derecho de Stanford. Esta semana, en una conversación con Larry Fink en el Foro Económico Mundial, dijo esto: "La inteligencia artificial va a destruir los empleos de humanidades." Y luego, volteando hacia sí mismo como quien señala una cicatriz vieja: "Fuiste a una escuela de élite y estudiaste filosofía. Me pongo de ejemplo. Ojalá tengas alguna otra habilidad, porque esa va a ser difícil de vender." Karp no se detuvo ahí. Dijo que si eres el tipo de persona que habría ido a Yale, con un coeficiente intelectual alto pero conocimiento generalizado y no específico, "estás jodido." Palantir lanzó el año pasado la Meritocracy Fellowship: un programa para graduados de preparatoria que no asisten a la universidad. Veintidós admitidos de más de quinientos aspirantes. Puntajes de nivel Ivy League. Cinco mil cuatrocientos dólares al mes durante cuatro meses. El eslogan dice: "Sáltate la deuda. Recupera años de tu vida. Obtén el título Palantir." Al mismo tiempo, en la misma industria, Bob Sternfels, director global de McKinsey, declaró que su firma está reclutando más egresados de artes liberales, no menos. La puerta se cierra y se abre al mismo tiempo. Pero no para las mismas personas.

Demis Hassabis quería curar el cáncer. Lo dijo con esas palabras en una entrevista con Cleo Abram publicada el siete de abril, mientras jugaban Jenga como metáfora visual de los sistemas que se sostienen unos sobre otros hasta que dejan de hacerlo. Hassabis es el director ejecutivo de Google DeepMind. Ganó el Premio Nobel de Química en 2024 por AlphaFold, la herramienta que predice la estructura tridimensional de proteínas y que hoy usan más de tres millones de científicos en el mundo. Lo que quería era un esfuerzo tipo CERN: cuidadoso, colaborativo, riguroso, los mejores científicos trabajando juntos durante décadas. Lo que obtuvo fue ChatGPT. "Si hubiera sido por mí, habría mantenido la IA en el laboratorio más tiempo y le habría pedido que hiciera más cosas como AlphaFold." Pero el lenguaje resultó más fácil de lo que esperaban incluso los optimistas. Los transformadores llegaron antes de lo previsto. OpenAI lanzó un chatbot que se volvió viral. Y la carrera comercial devoró el calendario científico. Hassabis no se queja del dinero ni de la velocidad. Se queja del orden. La herramienta más poderosa de la historia llegó primero a quienes querían resumir correos electrónicos, y después, quizás, a quienes quieren entender cómo funciona una célula.